- Expertos describen las principales transformaciones del perfil estudiantil, marcado por una mayor autonomía, pensamiento crítico y foco en el bienestar emocional.
En un contexto donde el conocimiento está disponible de forma inmediata y gratuita, la gran pregunta que surge en las aulas ya no es qué aprender, sino cuál es el sentido y la relevancia de lo que se aprende. La experiencia educativa comienza a redefinirse, desplazando el foco desde la acumulación de contenidos hacia un aprendizaje más significativo.
En este escenario emerge un perfil de estudiante más activo, crítico y participativo. Distintos especialistas en educación de la red coinciden en que los alumnos actuales han dejado de ser receptores pasivos. “Hoy los alumnos cuestionan, investigan y buscan involucrarse en su propio proceso formativo. Ya no solo reciben información; son curiosos, cuestionadores y quieren participar activamente en su aprendizaje”, explica Paula López, rectora del colegio Manquecura Ciudad de Los Valles.
Este cambio hacia la autonomía viene acompañado de una demanda creciente por habilidades clave para el mundo actual. El rendimiento ya no se mide únicamente en calificaciones, sino también en el desarrollo de las llamadas power skills: pensamiento crítico, creatividad e inteligencia emocional.
En esa línea, diversos establecimientos de la red impulsan desde hace más de 15 años metodologías y programas enfocados en liderazgo, emprendimiento y habilidades para la vida, adelantándose a necesidades que hoy se vuelven cada vez más evidentes en el entorno educativo. Si bien estas iniciativas se han ido actualizando constantemente, este año varios programas comenzaron a incorporar con más fuerza el formato de Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP), promoviendo experiencias más activas y conectadas con desafíos reales.
“A través de este tipo de enfoques, los estudiantes desarrollan habilidades fundamentales como el pensamiento crítico y la gestión de recursos. Hoy vemos alumnos que buscan comprender el sentido y la relevancia de lo que aprenden. Desde nuestra perspectiva, las actividades educativas que más valoran son aquellas en las que pueden participar activamente, sentirse protagonistas de su aprendizaje y reconocer el impacto real de sus acciones”, comenta María Soledad Casal, directora de Formación de Cognita.
Sin embargo, este nuevo paradigma también enfrenta tensiones importantes, especialmente en torno a la digitalización. La tecnología y en particular la inteligencia artificial ha permitido una personalización del aprendizaje sin precedentes, pero al mismo tiempo ha profundizado fenómenos como la sobreestimulación, la dispersión y las dificultades para sostener la atención.
En este contexto, medidas como la regulación del uso de celulares en los colegios no se entienden como prohibiciones, sino como estrategias para proteger la concentración, fomentar la interacción humana y promover espacios de aprendizaje profundo.
El objetivo es formar ciudadanos digitales capaces de usar la tecnología de manera consciente, equilibrando su valor como herramienta con la necesidad de desconexión.
Finalmente, este nuevo retrato del estudiante contemporáneo refuerza una idea central: ningún avance tecnológico puede reemplazar el equilibrio emocional en el aprendizaje. La salud mental se consolida como un pilar fundamental del sistema educativo.
“El aprendizaje no ocurre si no hay bienestar. Hoy es fundamental poner al estudiante en el centro, considerándolo integralmente, es decir, no solo desde lo académico, sino también desde lo emocional y social”, señala Casal.
El desafío actual es formar estudiantes integrales, resilientes y capaces de desenvolverse en un entorno en constante cambio, donde el aprendizaje trasciende los contenidos y el docente evoluciona hacia un rol de guía en el proceso educativo.


